DESAFIAR EL ESTIGMA: LA DOBLE CRIMINALIZACIÓN DE LAS MUJERES MIGRANTES

Señor dame la visa y el pasaporte

Pon tu nombre al calce de mi foto

Detén el tiempo, distrae a la migra

Un soplo, uno y no más abrirá el

Camino

Que me ha de llevar, por fin

A mí anhelado destino.

 

María. México[1]

Los observamos a través de la pantalla; unos cuantos bienes materiales sobre la espalda, niños en mano, el andar de un camino largo y desgastante. Escuchamos las historias que atraviesan ríos y desiertos, muchas de ellas marcadas por la violencia, el estigma y el eco de la impunidad. De ese puñado de relatos que se convierten en noticia, miles más quedan en el olvido, cubiertos por el rechazo de un país vecino y una sociedad indiferente.

Migrar no es solo cruzar una frontera; es reordenar una vida entera. Podríamos medir cada paso, no en distancias recorridas, sino en los sueños y esperanzas que cargan consigo, en la búsqueda de dignidad que desafía adversidades. Hablar de migración hoy en día es pensarla como un fenómeno social complejo atravesado por factores de desigualdad política y económica.

Hoy, en conmemoración del Día Internacional del Migrante, invitamos a reflexionar sobre la migración desde un lente que nos permita despojarnos del estigma. Es momento de dejar de señalar a individuos y de comenzar a examinar las estructuras que perpetúan condiciones de violencia, marginalidad y exclusión.

Las cifras son contundentes; la Organización Internacional para las Migraciones (OIM) reporta que en México, durante el primer trimestre de 2024, se registró un récord histórico de 360,146 eventos migratorios. De este total, un 60% correspondió a hombres adultos, mientras que el 28% fue representado por mujeres adultas.

El porcentaje restante abarca a niños, niñas y adolescentes que también forman parte de este desplazamiento. Estas estadísticas nos recuerdan que la migración no solo es una realidad de adultos, sino que involucra a las generaciones más jóvenes, quienes enfrentan sus propios desafíos en este complejo fenómeno social.

Dentro de las múltiples ópticas en las cuales podemos abordar este fenómeno, reconocemos que las historias de mujeres migrantes a menudo quedan relegadas a segundo plano dentro del discurso público. A su vez, están marcadas por un doble prejuicio y criminalización: el de ser migrantes y ser mujeres en un contexto de vulnerabilidad.

A medida que profundizamos en la experiencia de las mujeres migrantes, es esencial entender las motivaciones que las impulsan a partir de sus lugares de origen. De acuerdo con el boletín “Desigualdad en Cifras” emitido en el 2024 por parte del Instituto Nacional de las Mujeres (INMUJERES), las estadísticas revelan un panorama diverso.

Con respecto a las motivaciones de migrar, se observa que el 57% de las mujeres y el 89,9% de los hombres emigran en busca de oportunidades laborales, siendo esta la causa principal en ambos casos. Por otra parte, el deseo de reunificación con familiares o parejas ocupa el segundo lugar, con un 22% de las mujeres que eligen este camino, en contraste con apenas el 4% de los hombres.

 

Mujer migrante_El Eco del Sumidero

Además, es notable que un 14% de las mujeres se desplazan por razones de estudio, frente al 2,9% de los hombres, lo cual resalta la búsqueda de oportunidades educativas. Finalmente, un 7% de las mujeres y un 3,2% de los hombres migran debido a situaciones complejas como la violencia, desastres naturales o razones personales.

Dichas cifras ponen en evidencia que las circunstancias detrás de la migración no se pueden reducir a causas aisladas, sino que son resultado de una serie de condiciones complejas y contextuales.

Ahora bien, hemos mencionado la doble criminalización que enfrentan las mujeres migrantes, pero ¿a qué nos referimos con ello? En primer lugar, es fundamental señalar su situación de vulnerabilidad como agentes en el proceso migratorio. Esto se traduce en múltiples formas de discriminación y violencia, que van desde obstáculos laborales y limitaciones en el acceso a programas sociales y servicios de salud, incluidos los de salud reproductiva, hasta la explotación laboral y sexual, trata de personas y situaciones de violencia doméstica.

Familia migrante_El Eco del Sumidero

Por otra parte, es importante considerar una segunda forma de criminalización que enfrentan las mujeres migrantes, la cual se ve intensificada por prejuicios sociales fundamentados en un sesgo patriarcal y estereotipos de género. Esta imagen distorsionada las presenta no solo como migrantes, sino también como mujeres “malvadas” que traicionan las expectativas tradicionales de ser madres y cuidadoras al abandonar su hogar.

Dicho estigma refuerza la narrativa de que su decisión de migrar es egoísta, ignorando las múltiples razones que pueden obligarlas a desplazarse de sus hogares. Esta percepción contribuye a enjuiciar a individuos y causas particulares, mientras que se omiten las causas estructurales, las condiciones de desigualdad y la falta de políticas públicas y de derechos humanos que orillan a la migración.

Hoy, no pretendemos señalar las decisiones individuales de las mujeres migrantes, sino destacar la necesidad de políticas de migración que atiendan a la realidad social del país y el contexto actual. Hacemos un llamado colectivo a una atención eficiente, compasiva y efectiva hacia los migrantes, así como a la garantía de condiciones de vida dignas en sus países de origen.

Cuestionemos los estigmas: entender la migración no es juzgar los casos individuales, sino exigir la justicia social.

 

Bibliografía

 

 

[1] Este poema se origina en albergues situados en la frontera mexicana y forma parte de “Poesía y Migración” por Fabiola Morales Gasca.

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